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CONOCÉ EL TEATRO

LA HISTORIA

Emplazado en el Pasaje Rauch (hoy Pasaje Enrique Santos Discépolo) 1843, fue diseñado en 1926 por el arquitecto Benjamín Pedrotti para ser usado por una fábrica de bujías. Su fachada podría inscribirse en el estilo “Florentino”. Su constructor fue A. Carte.

Hacia 1920, Don Armido Bonelli era el representante de las Bujías alemanas Bosch. A causa de la Primera Guerra Mundial, la marca es expropiada por el Gobierno de EE.UU. y pasa a llamarse American Bosch: es por eso que la sigla "AB" y la cara del aviador es el logo que vemos en la salvada fachada. La cara pertenece a "FRITZ", el personaje de un aviador alemán que era el isologo de la marca germana original. El pasaje donde se encontraba la fábrica se llamaba Coronel Rauch. La calle fue parte del trazado del primer tramo ferroviario que recorrió Buenos Aires y por allí circulaba la mítica locomotora "la Porteña", que hoy se exhibe en el Museo de Luján.

A fines de los 70, Guadalupe Noble junto a Antonio Mónaco, comenzaron a idear una sala teatral adelantada para su época, que rompiera con el modelo clásico del teatro “a la italiana”. Soñaban con una sala polivalente, con una estructura que le permitiera cambiar y adecuarse a todo tipo de puestas. La intención era concebir un espacio dramático no convencional, que diera cabida a propuestas nuevas. Así es como El 21 de julio de 1980, ellos inauguraron en este edificio el Teatro del Picadero con "La otra versión del Jardín de las Delicias", inspirada en "La máscara de la muerte roja", de Edgar Allan Poe.

Por su espíritu vocacional e independiente, fue la sala seleccionada para presentar, en 1981, el ciclo Teatro Abierto, una manifestación que agrupaba a dramaturgos, directores, escenógrafos, técnicos de la escena y actores, que decidieron demostrar que el teatro argentino, a pesar de la indiferencia gubernamental, todavía existía y gozaba de buena salud. Eran tiempos de intolerancia y violencia, donde el pensamiento podía ser un instrumento muy peligroso para los miembros del poder político en manos de una dictadura militar. La respuesta oficial a este emprendimiento cultural fueron bombas de magnesio que se tiraron al amparo de la quietud de la madrugada. Su interior fue totalmente destruido, solo quedo en pie su fachada que se conserva intacta.

En su corta vida, de menos de un año, su nombre se convirtió en un icono de la memoria de la cultura de la resistencia.

Reconstruido tras el incendio, funcionó durante años un estudio de grabación hasta que en 2001 se intentó recuperarlo como espacio escénico. Así, el 16 de julio de aquel año se reinauguró la sala bajo el nombre de El Picadero, con dirección artística del actor y director Hugo Midón e inversión del empresario Lázaro Droznes, que lo adquirió en 1991. Se presentaron obras que conjugaban teatro y música, pero aquellos eran tiempos difíciles y el emprendimiento no prosperó. El lugar tuvo otros dueños hasta este presente en el que Sebastián Blutrach, exitoso y joven productor teatral lo adquiere y se lanza a la tarea de conservar su fachada, su espíritu; y a la vez proveerlo de la más moderna tecnología para presentar espectáculos de primer nivel.

EL TEATRO

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